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Inteligencia Emocional en Alicante

Sobre el día aquel en el que creí haberlo perdido todo

julio 27, 2016.Pedro Atienza.1 Like.0 Comments

Me levantaba cada día antes del amanecer sin necesidad de despertador alguno. Mi único reloj a tan tempranera hora de la mañana no precisaba de ningún mecanismo, era simplemente mi reloj biológico, el cual, no sólo funcionaba con precisión suiza, sino que me trataba con la mayor de las cortesías, de tal modo que el buen humor y, sobre todo, la serenidad que me proporcionaba la seguridad en mi presente e, igualmente, en mi futuro acompañaban como norma, mis despertares de entonces.

Llegaba el primero cada mañana a la Empresa de la que era Gerente —trabajador de cuello blanco que se dice—. Después recibía a todos mis compañeros con mutuos, cordiales, que yo entendía, sinceros saludos matutinos. Realmente me sentía apreciado y valorado… y la vida fluía.

Luego, un mal día, llegó ese momento en que, casi por sorpresa, me cayó encima aquello que dieron por llamar la crisis de las Hipotecas Subprime y —entre rescates, quitas, deudas y primas de riesgo— sin entrar en más detalles, de la noche a la mañana mi castillo, aquel que aseguraba mi grande y maravillosa zona de confort, piedra a piedra, se derrumbó estrepitosamente.

Vueltas y vueltas a la cabeza intentando descubrir el qué has hecho mal, y el por qué a ti, a la búsqueda de razones que no llegan muy posiblemente, porque no existen para al fin, cabeza gacha, acabar aceptando un destino que crees con convencimiento no debiera ser el tuyo, pero que ahí lo tienes, todo para ti y sin posibilidad de endoso, y cargado, además, con  el estigma de casi medio siglo a cuestas y un DARDE en la cartera.

Y así un día me encontré solo. Y mi entorno se volvió oscuro.

Y entonces la vida dejó de fluir. Y yo lo perdí todo

Muchos son los aconteceres que se nos dan a conocer, pero con los tiempo vividos y en esta vida nuestra que nos parece tan real, el quedar sin ocupación es como quedar sin destino y sin razón. La culpabilidad aflora, la autoestima inicia su caída en picado, al más puro estilo kamikaze y, con ello y por ello, nos vamos alejando hacia adentro y sin consciencia del destino, con esos sentimientos de insignificancia e inexistencia que nos sitúan anclados en la autoexclusión.

tristeza-380x335Y el mundo continuó girando. Y el sol y la luna aparecían de nuevo día tras día. Y mi fin no fue su fin, porque la vida seguía y seguía corriendo inexorablemente mientras a mí se me escapaba como arena fina entre los dedos de las manos.

Hasta que un día caí en la cuenta, elevé la vista al cielo y situado, como antaño ya estuviera, una vez más al principio del camino, dije: gracias.

Por supuesto que no fue aquello una iluminación sobrenatural de un instante, por supuesto que llevó su proceso el cual fue largo y en ocasiones —más bien habitualmente en el  día a día— muy doloroso, pero al fin algo me hizo descubrir que yo no era el perdedor de aquella historia.

Tras el derrumbe de mi “fortaleza de caballero”, mi refugio presumiblemente garante y seguro, habría perdido sólo una situación específica de un momento y un lugar —que tal vez porque daban de mí y para mí, la imagen que yo deseaba, con ella me identificaba— pero mi ser no era aquel, aquello era mi espejismo, mi ser seguía ahí, y aunque lo tuviese todavía oculto tras la sombra, mi ser era y estaba y sin nada perdido, porque este, mi verdadero ser, trascendía mucho más allá de lo que en aquel momento le rodeaba.

Y fue entonces cuando descubrí, o tal vez recordé, que ahora, como siempre había sido, todo estaba en su lugar y justo donde debía estar. De lo que se trataba pues, ya en la segunda mitad de mi vida, era de escuchar a mi ser para poderlo redescubrir y, así, devolverle las alas que aquel día —ya tan lejano— en el que creyendo hacerlo por su propio bien, inhumanamente le arrebaté.

Agarra con fuerza y coraje el timón de tu vida, y decídete a ser tú quien marque el rumbo.

Las alas que perdíMuchos son los aconteceres que se nos dan a conocer a lo largo de esta vida nuestra que nos parece tan real. Y todos y cada uno de ellos deja marca en cada cual en la corteza de nuestro ser. Y no son pocos estos aconteceres los que, marca a marca, nos hacen pensar en la crueldad de la vida misma. Pero en alguna ocasión —y aunque pudiera parecer una barbarie— podríamos plantearnos que la vida gratuitamente nunca pretende causarnos mal.

Es posible, sería lo suyo, que algún día lleguemos a entender que la vida es madre, y como tal generosa. La vida da, la vida enseña, la vida no resta, aunque parezca que nunca nos ofrece el momento perfecto, pero es que también podría ser que la perfección no estuviese en la vida, sino en nuestro propio ser, como igual podría ser que la vida, al fin fuese un camino y algo más, esto es, nuestra amante compañera.

El momento en el que vivimos, siempre es el adecuado, y el único que la vida nos permite disfrutar Clic para tuitear

Dice la tercera de las 4 Leyes de la Espiritualidad, que  “Lo que comienza lo hace en el momento adecuado siempre, ni antes ni después”. Solo cuando estamos preparados, lo nuevo en nuestra vida aparecerá porque nosotros mismos seremos quienes lo atraigamos. Y así entendido deberemos aceptar que cuando la vida pone algo en nuestro camino el fin es su disfrute.

Claro está que la vida, aparentemente, no siempre es de mil colores, pero, a veces, hasta los grises encierran su profunda belleza.

Y el mundo continuó girando. Y el sol y la luna aparecían de nuevo día tras día. Hasta que un día caí en la cuenta, y C716FA4B8EA047FA066249D888CD10EFsituado una vez más al principio del camino, dije: gracias.

Nada es casual. Yo por allí pasé, y ahora así lo estoy viviendo.


 

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pedroatienza@inteligenciaemocional.center

Telf.: 619217810

Pedro Atienza

Máster en Gestión y Administración de Empresas por FUNDESEM Business School. Experto en Inteligencia Emocional y Coaching Ejecutivo por la Universidad Rey Juan Carlos y Escuela de Inteligencia de Madrid. Formado en Relaciones Laborales y Recursos Humanos por la Universidad de Alicante.

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