Cuando el Despertar se disfraza. El Ego Espiritual.
«El ego es el último en despertar. Y muchas veces, cuando parece hacerlo, simplemente se disfraza de sabio» —Anónimo
Es posible que haya un momento —muy sutil y apenas imperceptible— en el que el ego, nuestro eterno y fiel compañero, ya cansado de no ser el gran protagonista por él deseado, decide mudarse a otro escenario —más cómodo y entrañable para su supervivencia— donde reafirmarse en su poder desde una autoproclamada natural belleza y elevación espiritual.
Ya no se complace en los antiguos roles de posición, dinero o reconocimiento mundano. Ya eso no es esto suficiente para su satisfacción. El ego siempre necesita más. Y descubre un espacio mucho más atrayente y seductor: ese que le ha sido mostrado como despertar espiritual.
Y así nace el nuevo personaje. Un personaje elevado y místico situado muy por encima del bien y del mal. El que habla de conciencia sin habitarla. El que recita mantras, pero no escucha voces reales. El que predica desapego mientras se aferra a la imagen que otros tienen de él.
Este personaje realmente no busca la verdad, sino su brillante apariencia en ella. No busca sanar, sino mostrar que ya está sanado. No quiere iluminar, sino deslumbrar. Y si brilla, es para ser mirado, no para ser realmente espejo donde reflejar servicio.
El ego con túnica blanca
Ese personaje espiritual puede parecer sereno, sabio, compasivo. Y sin embargo, su energía revela una triste urgencia: la de «parecer», la de «ser reconocida». Hay en él un «yo ya sé», un «yo ya no sufro», un «yo ya transcendí». Pero toda afirmación de este tipo, a poco que observemos, nos muestra, nos revela una raíz no integrada.

Porque el alma no necesita proclamarse. La luz no hace ningún ruido. El verdadero despertar no tiene prisa alguna pues, realmente, el verdadero despertar es semilla que, como ley, germina sin ser forzada.
Y mientras tanto, allá fuera, crece la industria de los “vendedores de humo” disfrazados de maestros. Aquellos que prometen iluminación rápida, sanaciones milagrosas, cursos enlatados de alta vibración.
Venden técnicas sin alma, fórmulas sin raíz, espiritualidad sin cuerpo. Y lo hacen, muchas veces, atrapados en el personaje autoproclamado que ellos mismos para sí se crearon.
Ofrecen “despertar” como si fuera un producto. Pero el alma no se compra. El alma no se vende. Al alma se la escucha.
“Poco a poco vamos a ir verificando realidades a través de la experiencia personal y les pido que no me crean nada, porque si me llegan a creer, se llenan de más creencias. Solamente verifiquen el orden del universo a través de sus acciones y de los resultados que obtienen con ellas… Entonces sabrán de qué estamos hablando.” —Gerardo Schmelding
La trampa del «yo consciente»
Uno de los mayores peligros en este camino es creerse más consciente que los demás. Porque entonces ya no se camina sino que se pontifica. Ya no se comparte sino que se enseña a base de dogmas. Ya no se ama sino se dirige y, lo peor, se manipula.
Y, al fin, se deja de mirar hacia adentro en el autoenamoramiento de lo que se refleja.
Así, el ego espiritual construye una nueva cárcel, mucho más sutil, decorada con inciensos y aromas, frases de Gibran o del Buda, y una hipócrita sonrisa perenne que a veces duele más que sana.
¿Qué hacer entonces? ¿Cómo no caer en esta trampa?
Solo existe un camino:
La autoobservación lúcida
Esa que nunca juzga y tampoco duerme. Esa que reconoce viejas heridas y dolores antiguos. Esa mirada interior que no necesita testigo alguno ni aprobación ajena. Solo presencia.
Gerardo Schmedling hablaba de vivir sin máscaras, de reconocer que todo lo que no aceptamos en nosotros, lo disfrazamos de virtud.
Y es que el ego espiritual realmente no muere con la iluminación. No se destruye al ego. Es preciso transformarlo. Y es por eso que el verdadero despertar es una humilde y constante vigilancia.
El verdadero maestro nunca se reconoce a sí mismo
No hay ninguna iluminación que necesite defensa. No hay verdadera sabiduría que se proclame. El verdadero maestro no dice “sígueme”, sino que te devuelve a ti. A tu silencio. A tu sombra. A tu camino.
El verdadero maestro jamás exige pleitesía. Más bien, a lo sumo, se convierte en apenas una suave presencia que acompaña cuando esta es buscada.
La espiritualidad no es una identidad. Es un desnudarse. Es un dejar de representar. Y cuando uno deja el disfraz atrás, solo entonces comienza a ser.
A modo de epílogo: la ternura del no saber
Hoy no quiero parecer sabio. Hoy, me reconozco aún muy torpe en este largo camino. Muchas veces son las que caigo en esa trampa del personaje. A veces aún caigo en la tentación. Me creo más despierto. O más compasivo. Y es ahí, justo ahí, donde el alma me susurra: observa, no te creas nada. El camino es hacia adentro…. más adentro.
“Cuanto más silenciosamente se vuelve uno hacia dentro, más cerca está de la verdad.”
— Ramana Maharshi
Porque el alma no grita. El alma solo susurra. Y su susurro nos despierta, no para ser alguien mejor, sino únicamente para dejar de pretender ser alguien.

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